Pingus 2004 el mejor vino del mundo

Sí hace años Robert Parker, denominado gurú de la enología, calificó con un 98 sobre 100 puntos, a su Pingus 1995, ahora, al Pingus 2004 le considera como la perfección hecho vino, otorgándole la mayor puntuación que le puede dar 100 puntos.

Botella de vino Pingus 2004

Peter Sisseck, dueño de la Bodega Pingus, ha recibido muy bien esta noticia, aunque comenta, que si pensamos que con ésta puntuación van a dar más publicidad al vino y se va a vender más, estamos muy equivocados ya que tiene vendida toda la producción desde hace mucho tiempo.

Hay que tener en cuenta que Robert Parker ha concedido la máxima puntuación solamente a sesenta vinos en los veinte últimos años, y a cinco españoles, entre ellos el Pingus 2004.

Si el Pingus 2004 ha recibido 100 puntos no sabe qué ocurrirá con el 2005 y 2006, ya que incluso son mejores, ha comentado el enólogo.

Todos los vinos que elabora son bendecidos por la crítica y se sitúan entre los más deseados del panorama internacional y dicen que éste danés es el Rey Midas de la Ribera del Duero, ya que todo lo que hace se lo quitan de las manos, a precio de oro, ya que sus vinos se pagan a un precio entre los 100 a los 1500€ la botella.


Para el Pingus 2004 se vendimiaron las uvas a finales de septiembre, tras un mes sin lluvia muy bueno. Las uvas proceden de las 4,15 hectáreas de los pagos Parroso y San Cristóbal, este último de sólo 1,2 hectáreas, con viñas de 70 años y producciones casi ridículas.

La selección de las uvas se realizó como siempre a mano en viña y en mesa a pie de bodega, realizando posteriormente la fermentación maloláctica y la crianza en barricas nuevas de roble francés.

Pingus 2004 viene más potente y concentrado de lo que ya suele ser, y con mucha frescura, equilibrio y finura.

Peter Sisseck

Peter Sisseck



Peter Sisseck, nació en 1962 en Copenhague, y estudió en la Universidad de Burdeos y trabajó durante varios años en bodegas importantes de la zona.

Más tarde, junto con su tío, Peter-Vinding-Diers, inició lo que se conoce como “nueva ola” de los vinos blancos de Burdeos.

Desarrolló su trabajo en California y, más recientemente, en nuestro país, donde ha prestado sus servicios como enólogo y asesor en Hacienda Monasterio.

Desde el año 1999 también lleva la dirección técnica de Celler Mas Gil (Clos d’Agon), en el Emporda

2 Respuestas

  1. REBECA RUANO
    Interesante articulo publicado en el Norte de Castilla

    El ‘rey midas’ del vino
    En solo 17 años, el danés Peter Sisseck, ‘Pingus’, ha conseguido convertirse en un mito mundial de la enología desde la Ribera del Duero vallisoletana
    REBECA RUANO/PEÑAFIEL

    Llegó a la Ribera del Duero un 29 de junio, día de San Pedro, hace 17 años, dejando atrás los frondosos bosques de su Dinamarca natal para cumplir un sueño: elaborar un gran vino de prestigio internacional. No hablaba el castellano y se comunicaba con los lugareños echando mano de un diccionario. El panorama se antojaba incierto pero no hay obstáculo que se interponga en los planes de Peter Sisseck, o lo que es lo mismo, ‘Pingus’, sobrenombre con el que siempre le apodaron sus más allegados.

    Ni para coger carrerilla está dispuesto a dar marcha atrás. Ya en sus tiempos de juventud hubo quien le consideró un loco al escucharle afirmar que pensaba dedicar su vida a la elaboración de vinos. «Pocos en mi país, donde no existe la industria enológica, eligen esta profesión, por eso a todo el mundo a mi alrededor mis deseos adolescentes le parecían pasajeros», explica.

    Su vocación de enólogo se forjó a los 14 años, fruto de un viaje a Sudáfrica para visitar a su tío, empleado en una finca donde se cultivaba la uva. Después vinieron los estudios superiores en la Universidad de Burdeos, comarca francesa donde trabajó durante varios años en compañía de ese mismo tío. Y de ahí el salto a la Ribera del Duero.

    «Yo estaba trabajando en Francia cuando unos amigos de mi tío, también propietarios de una bodega en Jerez, propusieron que me hiciera cargo de Hacienda Monasterio. Recuerdo la fecha porque era mi santo. Y recuerdo la sensación que tuve al llegar aquí: fue como si pusiera mis pies en el Salvaje Oeste; era forastero en un territorio que no conocía, me costaba entenderme con los nativos y los árboles y la vegetación lucían por su ausencia».

    Pocas nociones tenía entonces Peter Sisseck de la Ribera del Duero. Dinamarca no es un país elaborador pero sus gentes consumen vinos de calidad. En aquellos años, sobre todo franceses, de vez en cuando incluso riojanos. En contadas ocasiones ‘Pingus’ había catado un caldo ribereño, mientras pasaba las vacaciones en la Costa Brava en la masía de sus abuelos. «Pero decidí afrontar el reto y no tardé en integrarme en la comarca; hice amigos, aprendí el idioma y descubrí algo que me marcó para siempre: los vinos que se sirven en las tascas de Pesquera de Duero, aquellos que elaboran en las pequeñas bodegas de la zona siguiendo la tradición familiar», recuerda.

    El dominio de Peter

    Mientras tanto, en Hacienda Monasterio, donde el aún sigue trabajando al frente de la dirección técnica, las cosas iban más lentas de lo que el danés hubiera querido. Su empeño por adaptar el modelo de elaboración francés, creando vinos solo y exclusivamente de la uva que crece en la finca, sin recurrir a la compra de fruto de otras explotaciones, estaba retrasando considerablemente la consecución de resultados. Después de cuatro años, comenzaron a salir a flote sus inseguridades. Y precisamente de esa frustración nació Dominio de Pingus. «Llegó un momento en que yo dudaba de si en Ribera del Duero se podía hacer un gran vino. Sopesé muy seriamente la posibilidad de volver a Burdeos. Pero un amigo me animó a hacer un último intento. Entonces compré unas viñas viejas en La Horra porque en el entorno de Pesquera de Duero no quedaba nada, estaba todo repartido entre Alejando Fernández, Emilio Moro y Vega Sicilia. En La Horra encontré la concentración más grande del tipo de suelo y cepa que yo buscaba. Y así comencé la aventura de Pingus».

    Evidentemente, muchos volvieron a tomarle por loco, pocos entendieron ese espíritu aventurero que le ha llevado al éxito absoluto. No es de extrañar porque en aquel entonces Peter Sisseck no disponía tan siquiera de los medios necesarios para elaborar un vino: no tenía instalaciones, ni bodega, ni material No tenía nada, excepto, tenacidad. El primer Pingus se creó en un rincón de la finca Villacreces, propiedad de un amigo que le prestó tres depósitos y dos barricas para que pudiera dar forma a su invento. «Nunca he entendido esa concepción tan ribereña de la bodega. Aquí primero se hace el edificio con un gran comedor para invitar a merendar a los amigos y, en segundo plano, está el vino. Yo decidí primero hacer un buen vino y crecer poco a poco», dice.

    Peter conoció a Parker

    La suerte estaba echada y quiso la divina providencia que en el camino de Sisseck se cruzara por primera vez el todopoderoso Robert Parker, el gurú del vino, catador norteamericano que desde la revista ‘Wine Advocate’ decide si un caldo merece el honor de ser encumbrado a los circuitos internacionales o debe pasar a mejor vida.

    Pero no solo con buena fortuna se gestaron las heroicas hazañas: también intervino el ojo clínico de este danés visionario. Porque cuando el primer Pingus, de la añada del 95, estaba tomando forma en la barrica, Peter Sisseck decidió participar en una feria de presentación que se realiza cada primavera en la comarca de Burdeos. «Allí se exhiben los caldos más afamados del mundo. Decidí acudir porque la cita congrega a multitud de periodistas y juzgué que esta era sin duda la mejor forma de dar a conocer mi trabajo a los consumidores. Entablé entonces contacto con los comerciantes británicos de Corney&Barrow quienes presentaron una muestra de barrica de mi vino, totalmente nuevo y desconocido en aquel entonces, a mister Parker».

    Tan impresionado quedó el crítico norteamericano con la prueba enviada que incluso abrió las puertas de su casa al danés. «Me invitó a cenar y acudí con una botella de Pingus bajo el brazo. Obviamente, le gustó mucho porque a los pocos meses, en septiembre de 1996, hizo una crítica muy positiva en su revista concediendo a Pingus 95 un 98/100».

    El momento hizo historia: era la primera vez que se mencionaba a un caldo español entre los denominados Mágicos 100. Fue una auténtica revolución para el sector y una palmadita en la espalda para Peter Sisseck, artífice del proyecto, autor de lo que para algunos es una «obra de arte líquida». Pingus lleva su nombre y lleva también su esencia.

    Un vino tan especial

    Pero, ¿qué tiene este vino que a todos conquista? ¿Qué es lo que hace a Pingus tan especial? Sin duda es Peter Sisseck y su concepción de la empresa y la bodega. «En Ribera del Duero hay grandes bodegas y he aprendido mucho de su trabajo. Pero mi intención era implantar otro modelo, adaptar el concepto del Château en la denominación castellana. Pequeñas cosechas, producciones limitadas».

    Dicho y hecho. Hoy por hoy esta firma es ya un mito de la enología y su fundador un ‘rey midas’ que triunfa con cada proyecto. Bajo la marca Dominio de Pingus se elaboran dos caldos: Pingus y Flor de Pingus, el primero con una producción de siete mil botellas por añada y el segundo de en torno a las cien mil. En ambos casos agotadas mucho antes de salir a la venta y cotizadas a importes de auténtico escándalo.

    «Reconozco que los precios de mis vinos son absolutamente abusivos en ocasiones, pero lo que se cobra al comprador final no se corresponde con lo que se paga al sacarlo de la bodega. No tiene nada que ver mi precio con el precio del mercado», asegura.

    Los precios

    Peter Sisseck es uno de los pocos profesionales de la denominación de origen que no tiene pelos en la lengua a la hora de denunciar los precios abusivos que marcan algunos Ribera del Duero. No puede negar que sus vinos son caros, extremadamente caros incluso. Y confiesa que es consciente de que a veces el producto no vale lo que se pide. «He visto cómo se han llegado a pedir 1.200 ó 1.500 euros por un Pingus. Es un precio desorbitado, pero reconozco que es un vino de alta calidad. Me asombra mucho más en el caso de Flor de Pingus, porque precisamente yo creé este caldo para que cualquiera pudiera acceder a él y resulta que el precio supera los 100 euros».

    El enólogo no está dispuesto a prestarse a especulaciones y es consciente de que se paga como oro líquido simplemente porque lleva su nombre. «Tengo la suerte de vender vino en este momento, cuando es tan difícil hacerlo. Conozco personas que están haciendo un buen producto pero no consiguen despertar la demanda del mercado. A mí me va bien con todos los proyectos que desarrollo: con Dominio de Pingus, Hacienda Monasterio, con Quinta Sardonia y con otra bodega de la que soy socio en Cataluña. En ninguna de estas empresas tenemos problemas con las ventas».

    La puntuación otorgada por Parker al Pingus 2004 refuerza aún más el mito aunque, aparte del considerable prestigio que el 100/100 ha traído consigo, lo que más satisface a Sisseck es la buena fortuna para los compradores del caldo, «que apostaron por él antes de recibirse la nota y ahora tienen un valioso tesoro en sus manos».

    Con la buena gente también han llegado los tiburones, aquellos que quieren arrimar el ascua a la sardina por si «cae alguna botellita». Gesto imposible porque, recordemos, está todo vendido. Pero, por si acaso, él se encarga de espantar a los moscones y prefiere evitar a aquellos que acuden solo en busca de sus botellas. No huye de quienes no muestran interés por sus vinos y asegura que atendió a este diario tras cerciorarse, por medio de hábiles preguntas, de que la autora del reportaje no tenía ni intención de solicitar uno de sus cotizados Pingus.

    Las cifras, la calidad y el abrazo de Robert Parker han convertido a Peter Sisseck en una persona admirada en todo el mundo, incluso en su Dinamarca natal. «Allí somos pocos los que elaboramos vinos y creo que se me ve como una persona pintoresca, lo que no deja de ser gracioso». No hay duda de que es una persona muy peculiar.

    La amenaza de la A-11

    La Ribera del Duero es para Peter Sisseck el hogar donde ha elegido pasar el resto de su vida y por este motivo está francamente preocupado por cualquier cosa que afecte al bienestar de este territorio. Alto y claro critica el hecho de que se haya previsto «partir en dos» la denominación de origen y pide a gritos que se busque una alternativa menos perjudicial para el sector.

    «No estoy hablando de que una bodega sea más importante que otra o de que la población no tenga derecho a unas buenas vías de comunicación. Pero esta no es la forma de hacer las cosas. Vega Sicilia es un referente internacional, la bodega más prestigiosa de España, la locomotora de la Ribera. El desdoblamiento es sinceramente ofensivo y no entiendo cómo el Consejo Regulador no ha dicho nada al respecto».

    La misma opinión comparte Sisseck con respecto al proyecto de Ley de Prevención para el Consumo Responsable de Alcohol entre Menores de Edad. «Es ridículo que se pretenda culpar a todo un sector porque haya padres que no sepan educar a sus niños. ¿No sería más efectivo formar que prohibir? Es de locos».

    Son medidas que este enólogo danés tacha de inaceptables, de un obstáculo para los proyectos enoturísticos que se desarrollan en Ribera del Duero, a los cuales vislumbra un futuro más que interesante. «Recuerdo que en 1985 pasé seis meses en Napa Valley. En aquel entonces esta comarca era muy similar a como es hoy Ribera del Duero y veinte años después es un referente internacional de turismo. Nosotros podemos evolucionar igual, aún no se ha tocado techo, queda mucho camino por recorrer».

    En su opinión, todo depende de cómo se manifieste en el territorio el cambio climático. «Me preocupa la falta de agua, es una obsesión porque sin agua las cosas se van a poner muy difíciles. Tenemos que plantar más árboles porque ellos traerán la lluvia». Y es ahora cuando sale a relucir la cara mística de Peter Sisseck, quien afirma convencido que no sería nadie si no creara vinos. «Me ayuda a entender el mundo, a estar más cerca de la tierra. Dominio de Pingus es mi laboratorio y allí he de gestar mi vino 100, todavía no he conseguido la perfección tal y como yo la concibo».

    Quizás este danés de nacimiento y ribereño de vocación aún tenga alguna sorpresa más que contar a través de sus vinos. Y quizás su mayor obra aún no haya sido alumbrada.

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